Faldarad y los elfos retrocedieron hasta el puesto de guardia. En el cielo brillaba un cuarto de luna. Los trasgos habían encendido un sinfín de antorchas, y parecía que una serpiente de escamas de fuego trepaba hacia ellos para devorarlos. Isidril desenvainó la espada:
- Dei orindain, Hathunna-dijo.
Atravesó al primero, y lanzó al vacío al segundo. Enseguida quedó rodeado, y solamente el brillo de la espada Enguhyn le mostraba en qué lugar se encontraba con respecto a Faldarad.
Los aceros entrechocaron. Subido a un risco Endaril mató a muchos que intentaban flanquearlos por el lado más escarpado. Pero pronto se vio desbordado y tuvo que retroceder. Los trasgos arrojaban sus lanzas cortas y les atacaban con las picas: Enguhyn los cortaba como si fueran ramas verdes; no había armadura que protegiera contra el filo de esa arma, ni escudo ni lanza que pudiera bloquearla.
Al ver a Faldarad blandiendo aquel arma algunos trasgos huyeron, pues pensaron que era ése un gran señor, y su hoja era un tizón blanco y ardiente que acabaría con todos.
- ¡Enguhyn, Enguhyn!¡Radiante hoja de plata!- gritó Endaril.
- Justa es la fama de esa espada- dijo Isidril.
Pero mientras hablaban en un instante de descanso volvieron a oírse los cuernos, y las criaturas atacaron de nuevo. Regresaron también los Grandes Buitres, lanzando alaridos.
Sintiendo un repentino miedo por Déoreth, Isidril ahogó un grito.
Déoreth se defendía de las garras del monstruo alado. Blandía en la derecha la espada brillante, y en la siniestra sujetaba una tea encendida. El Gran Buitre se mantenía sobre el Mago con las alas extendidas, y le atacaba una y otra vez. Le alcanzó en el brazo, arrancándole parte de la cota de anillos.
El fuego se interponía entre Isidril y Déoreth. Las llamas eran cada vez más altas: crepitaban alimentándose de la madera de la empalizada: habían alcanzado las máquinas y las torres de asedio.
El humo cegó a Isidril. Oía la voz de Déoreth, como un eco que enmudecía poco a poco. Se cubrió los ojos con la mano, y trató de hallar algún camino hasta el Mago.
Trepó por una de las torres de asedio, y saltó el foso.
Entonces pudo ver a Déoreth: “¡Retrocede, criatura de La Sombra!” -bramaba. Con una orden suya sopló un viento súbito que alejó las llamas y las empujó hacia adelante: la monstruosidad alada quedó atrapada en la vorágine de llamas y viento rugiente, y se consumió en el acto.
Todo alrededor del elfo era fuego y humo. El aire estaba cargado de cenizas encendidas. Ahora veía a Déoreth de pie frente a las puertas de Aras Ea. Faldarad y Endaril llegaron corriendo.
- Hay enemigos detrás de nosotros -dijo Endaril- Acabamos con muchos en el puesto de guardia, pero no parecen tener fin, así que huimos poco antes de que nos alcanzasen. Ahora el fuego nos sirve a nosotros: esos trasgos de Fearthu no podrán alcanzarnos aquí. Pero no servirá de mucho si no abrimos la puerta: no querría quedarme a dormir aquí. ¿Por qué el fuego no avanza?
- Porque no se lo permito-dijo Déoreth. Tenía los ojos cerrados, y las manos sobre la puerta. La puerta tembló. Volvió a temblar, y sin más avisos estalló en mil pedazos.
Adentro todo era oscuridad. El viento aulló por los pasillos, y su eco era como un largo lamento quejumbroso.
- Puede que el fuego les retrase, pero entrarán antes o después.
- Más tarde que temprano, espero -contestó el Mago -. Debemos aguantar hasta que amanezca. Hay una armería en el cuerpo principal: allí estaremos a salvo. Pero si entran quedaremos atrapados y sin salida, y las torres laterales serán nuestra única opción. En marcha.
Déoreth los condujo hasta allí. Estaba medio derruida, con una parte del techo desplomado; la mayoría de las armas estaban arruinadas.
- Por aquí podríamos llegar al segundo piso -dijo Isidril examinando el derrumbamiento -: dudo mucho que un trasgo pudiera escalar por aquí.
- Dudo que yo pudiera -dijo Faldarad, señalando su armadura. Miró a Déoreth.
- No me verás saltando de piedra en piedra ¡Olvídalo!
Endaril llenó el carcaj.
- Vuelvo a estar armado -dijo -: eso ya es algo. Aunque esperaba más de este lugar.
- Llegamos tarde para más -contestó Déoreth -. Los años han pasado factura al lugar. Anthyr experimentó con cosas peligrosas que debilitaron la estructura hasta llevarla a la catástrofe. Este es el resultado. Los que vinieron después pueden llamarse afortunados a sí mismos si no se les derrumbó el techo encima. Hay, no obstante, una gran belleza en este lugar: no digas que Aras Ea no es hermosa sin haber visto los niveles inferiores.

N.A. Gladish.





