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De La Historia De Aras Ea

 

“Su nombre fue Bar Kuin durante un tiempo, hasta que cedió la presa y quedó rodeada de agua. Entonces se la llamó Aras Ea, la Puerta del Mar; construyeron un embarcadero junto al río, y desde allí partieron muchos navíos durante la guerra.

Anoldir fue el primero de los Reyes de Andruir.

Vino del Este portando la ciencia de su estirpe, desconocida en las regiones occidentales. Éumel y Éudral eran sus hermanos, y vinieron también, y eran fuertes como pocos. Éumel perdió la vida en la Guerra de Andruir, pero Ciledonia, su esposa, ya estaba embarazada, y tuvieron una hija que fue sabia y justa, y amó a Éudral como a su propio padre.

Anoldir desposó a Ailvara, y de su amor nació Anglaron, quien fundó Ciudad de Reyes. Su habilidad como arquitecto no tenía límites: nunca habrá otro como él. Y Ninalve, su mujer, fue la reina más querida entre todas, porque era cálida y compasiva: gracias a ella no hubo guerras en Andruir durante el reinado de Anglaron, puesto que no existía ningún hombre que pudiera negarse a sus peticiones mientras éstas fueran justas.

 

 Mas he aquí que lo que Anglaron diseñó como un elevado puesto de vigilancia Anthyr Rey lo dispuso como un lugar para él, y se trasladó a Aras Ea: construyó un observatorio en lo más alto, y excavó un sinfín de cámaras oscuras para sus propios designios. Anthyr se volvió sombrío y desconfiado: tuvo miedo de ser atacado, y destruyó la presa y se aisló, rodeándose de agua. Únicamente por el espolón podía llegarse a Aras Ea, pero en la base donde comenzaba el sendero, allí situó un grueso portón. Anthyr lo cerró, y sólo unos días antes de su muerte lo abrió de nuevo…

…ahora es sólo una cárcel vieja”-concluyó Déoreth.

 

El camino trepaba por el lado sur de la montaña. Habían estado ascendiendo siguiendo la carretera que llevaba a Seredia; pero a mediodía torcieron al norte, y dejaron el camino para ir por los barrancos.

Frente a ellos se extendía Sílurin Enwaöne, o como era conocido por los Hombres, Los Campos Ahogados, una llanura playa cubierta de agua. En otro tiempo fue un prado verde lleno de flores, y muchos caballos salvajes corrían por él. Ahora el agua lo había ahogado, y solamente unas pocas plantas de tallos altos crecían allí. Nada se movía en las aguas quietas, y ni el viento ni ninguna otra fuerza agitaba la superficie del agua.

Se oía el rumor débil de un riacho que descendía por la ladera pedregosa. Unos zarzales secos y enmarañados sobrevivían junto al arroyo, suplicando por unos sorbos de agua. Descendieron por el barranco. El agua les cubría hasta la cintura. Luego de unas horas de caminata se detuvieron junto al tronco de un gran árbol. Estaba seco y sin hojas, pero unas largas barbas de líquen le colgaban de las ramas, y un musgo verde cubría su corteza. Tenía gruesas raíces que habían socavado el suelo muy profundo y lo habían levantado todo alrededor. El aire era pesado en aquel lugar. Era un lugar triste, un recuerdo de lo que fue que quedó grabado en la memoria de unos pocos, escrita en la corteza de aquel árbol, marchito por las vanidades de un rey demente: un rey demente que había reinado en Aras Ea desde lo alto, brillante como el sol rojo del amanecer que tocaba las torres esbeltas.

 Habían levantado Aras Ea sobre un espolón de piedra que sobresalía hacia el este, un pico escarpado de pendientes abruptas con afilados cortados de piedra del color del bronce nuevo. Un sendero trepaba desde la base hasta la cima; quienquiera que ascendiera por allí vería el campo inundado, y las aguas confinadas por las mesetas en el norte y en el este, y por los barrancos sin nombre en el distante sur.

 Pero si uno pudiera mirar hacia el oeste observaría el cauce del Algir y los restos de la gran presa, el valle ubérrimo atrapado entre Hal Unwe y Dor Erenthea que la luz el sol apenas rozaba. No había ahora ningún camino que condujera al río, sólo una escalera grabada en la roca viva, de escalones amplios y tallado irregular, peligrosa, traicionera.

 

Una puerta de hierro negro impedía el ascenso. La arcada nacía de la propia piedra, y formaba un masivo arco robusto, alto, duradero y terrible; una puerta de doble hoja, negra, cubierta de inscripciones que cerraba el paso. El mismo Anthyr la había forjado, y había grabado en ella runas de elevadas virtudes, y ninguno salvo él podía abrirla.

 Todos los salientes y las irregularidades del terreno habían desaparecido alrededor de la entrada, y el suelo había sido allanado por alguna fuerza o poder desconocido; porque allí habían tenido lugar las tratativas entre Anthyr y los reyes de Orssen, y ese sitio era como un podio alto desde donde Anthyr hablaba a todos, porque nadie entró nunca en Aras Ea mientras él vivió allí, y el único que supo qué secretos guardó ahí fue su hijo, aunque la mayoría se perdieron o fueron destruidos.

 

FirmaNahuel-1

 

 

 

N.A. Gladish,

Guardián de Aras Ea.

 

P.D. La historia de Andruir es compleja: ¿puedo sugerirte una visita guiada por la capital?

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