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Ciudad De Recuerdos: Cuarta Parte

 

  La luna asomó por detrás de las esbeltas torres del Monasterio de Laiholm. Arbotantes y contrafuertes formaban una especie de arco suspendido en el aire, o una ventana por donde brillaba la luna, redonda y pálida en el cielo estrellado. Isidril y Anwehyn regresaron. Reunidos con el Versiculario, Anwehyn se disculpó por no poder acudir a misa, y pidió que transmitiese sus disculpas al sacerdote. Luego fueron a cenar con el Obispo.

  Habían dispuesto una mesa en algún lugar del Monasterio. Del lado opuesto a la puerta, mirando por un ventanal, Isidril vio un hombre de espalda: anchos hombros y cabello castaño. Tenía las manos detrás, y aferrado entre ellas, un cetro de oro y marfil.

  Apartando la vista de él unos segundos, Isidril vio un bastón de madera de Ánurin sobre la chimenea, y fascinado se olvidó de todo lo demás. El Obispo le observaba con mirada benévola; era un hombre alto y noble, fuerte a pesar de los años vividos, sabio, orgulloso como todos los habitantes de Andruir; pero en sus ojos se veía reflejado el amor que sentía por el prójimo y su carácter bondadoso.

-Es madera de Árbol Blanco-le dijo, invitándole a cogerlo. Se acercó al hogar; fue entonces cuando Isidril se percató de la cojera del Obispo-. Un regalo muy acertado, y preciado, para alguien que se hace mayor.

-¿Son árboles élficos?-preguntó Anwehyn.

-Así es, Capitán-respondió el Obispo-. Es una madera muy versátil, excelente para barcos, dicen sonrió-, aunque ésos ya no surcan ningún mar. Este bastón le fue dado como presente a la Sacerdotisa Sacrisa, y ella me lo dio a mí cuando fui herido. Aquí está, siéndome de inestimable ayuda, y sólo el Señor sabe con quién estará en el futuro. Mas si me preguntas qué Elfo lo hizo para Sacrisa te diré que no lo sé, ni tampoco cuándo o por qué se lo entregaron.

-¿Quién es  Sacrisa?-preguntó Isidril.

-La Elegida del Señor para regir la Santa Sede.

 La respuesta del Obispo fue tan respetuosa, tan sincera y tan gentil que Isidril imaginó que Sacrisa era la persona acertada para tal responsabilidad. Pensó en la Santa Sede, y sus pensamientos le sumieron en un largo silencio.

 

  Trajeron abundante comida. Unos sirvientes permanecieron de pie, algo apartados, hecho que llamó la atención del elfo.

 Mientras duró la cena hablaron poco, interrumpidos constantemente por una puerta que no paraba de abrirse y cerrarse por donde aparecían más y más sirvientes con más y más comida.

  Se hacían preguntas vanas, y contestaban con respuestas imprecisas: a ratos guardaban incómodos silencios. Pero cuando hablaba el Obispo, sus palabras dulces y su mirada bondadosa parecían desvanecer todas las situaciones incómodas, llenando los silencios y animando a los comensales a comer y a charlar como si de antiguos amigos se tratase.

-Le hablé a Isidril de tu visión- prosiguió Anwehyn al finalizar la cena-. Espero que no os moleste.

-No. ¿Qué opinas?-le preguntó el Obispo a Isidril.

-No le doy ninguna importancia; no tiene valor para mí.

 El Obispo se rió-ningún valor-dijo-. No, tal vez para ti no lo tiene. Pero tiene un valor, noble Elfo, lo quieras ver o no. Los dones de este mundo no deben pasar inadvertidos, aunque tristemente sea así. Hasta ahora el Capitán Anwehyn ha acertado en todo, pues fue él quien predijo que sería un grupo de cuatro miembros, dos de ellos elfos, y no una pareja de elfos perseguidos como yo pensaba. Creía haber descubierto la identidad de esas personas, pero ahora no sé qué pensar. Hace unos días llegaron algunas personas a Ciudad de Reyes, hombres poderosos para quienes la aparición de dos elfos no será una coincidencia.

-¿Debo temerles?-preguntó Isidril.

-Temerles…no. Pues el temor engendra dudas y otros negros sentimientos. Os encontraréis cuando sea inevitable.

-Déoreth El Insigne querrá verles-añadió Anwehyn-, tan pronto como sepa de ellos. O tal vez mi hermano, siempre y cuando no sean ellos quienes den el primer paso, porque han pasado ya algunos años desde que el Insigne dejó la ciudad, y el Segundo Hijo del Rey ha regresado también: ¿no te dice nada que haya sido a la vez?

-Es tan sólo un inicio, las primeras piedrecillas que caen ladera abajo antes del desprendimiento. Tan sólo un inicio, he dicho: uno entre todos los posibles. Quizá ni es el comienzo, pues en este entramado es difícil discernir, y el principio y el final a menudo significan lo mismo.

 Me dice muchas cosas, Anwehyn. Estos hombres poderosos venían del Este, y que el Este y el Oeste se reúnan en Ciudad de Reyes no ha sido al azar. Déoreth os guió hasta aquí, y no sin un propósito, o más de uno. Él no hace nada porque sí, debes tenerlo en cuenta. Anaynor es asimismo poderoso; ha regresado, y tendrá que soportar la ira de Anathuin Rey.

  Una sombra de miedo le cruzó a Anwehyn por el rostro. Deseaba ver a Anaynor. Pero temía la reacción del padre luego de tanto rencor rumiado. Tenía la esperanza  de que recuperara su antiguo puesto en la guardia, y que los dos hermanos volvieran a estar juntos como en los dorados años del pasado.

-Nosotros vinimos buscando ayuda-anunció Isidril, y se sorprendió al oírse hablar. Era un tema que no quería tratar sin Déoreth o Faldarad delante; sin embargo juzgó acertado comentarlo con el Obispo-. Déoreth quería contestar algunas preguntas que le habían surgido, y creía que aquí podría encontrar esas respuestas, y también hallar la ayuda que precisamos, que es mucha. Faldarad, a quien vosotros llamáis Anaynor, quería protegernos; me parece que tiene pensado dejarnos aquí, y hacerse cargo del problema.

-No parece descabellado, conociendo a mi hermano-afirmó Anwehyn.

-Sí que lo es, porque en este problema no puede ayudarme: él no sabe si mi padre está vivo o muerto, o si está a salvo o por el contrario corre peligro. Sé que Sargul le persigue. Sé que no se detendrá hasta dar con él. Y sé que nadie puede detenerle.

  Un espasmo de dolor golpeó al Obispo-. No le nombres-pidió-. Necesito saber más de todo esto, de tu padre y de vuestro viaje. ¿Por qué le persigue?

Isidril no contestó.

-¡Dínoslo!-exclamó Anwehyn. Luego se serenó, y guardó silencio.

-Déoreth se enfrentó a una manifestación del poder de Él más allá del Paso del Orgion, donde las tierras vuelven a ser planas. No era Él, sino una muestra de todo su poder, como una aparición envilecida por su maldad y animada por su magia.

-¡No digas más!-dijo el Obispo-. Ahora creo saber lo suficiente: algo de tremendo poder ha despertado de nuevo. Guarda tu secreto, oh prudente Isidril, pues lo que no sepa no podrá hacerme daño, ni podré revelarlo. Y si llegase el día en el que el Rey me ordenase hablar, entonces no sabré qué decirle.

  Es cierto, pues, lo que me fue revelado; que la Sombra regresaría primero en silencio, y sólo para recuperar lo que le fue arrebatado. Perdió durante la guerra, que es su mayor dominio, aunque no es el único. Pero ahora su poder es menor, y se reduce solamente a sus estancias, en Bar Dugrun y más allá del mar en Air Cadalhon, su fortaleza inexpugnable.

-No inexpugnable-corrigió Isidril, y los dos humanos se asombraron-. Gael Valindor entró en ella, y se llevó muchas cosas y liberó a los pocos prisioneros que quedaban con vida.

-¿Por qué no se nos dijo nada?-preguntó Anwehyn-.Algunos le habríamos seguido a las Tierras Oscuras: numerosas canciones tendrían que haberse escrito para elogiar tal hazaña.

-No hay nada que elogiar. De hecho es un triste episodio para mi pueblo-dijo Isidril-, pues ninguno de los elfos rescatados volvió a ser el mismo luego de soportar torturas y vejaciones. Y ni las riquezas, ni los objetos rescatados, compensan la pérdida. Muy pocos Hombres saben algo de esto: sólo dos, me atrevería a decir, y con vosotros dos más. En este viaje he aprendido algo importante: la Suma Corona nunca le fue arrebatada a Sargul como se dijo, pero Bardor le arrancó una de las gemas; entonces, a las puertas del Monasterio de Galenholm, Bardor juró proteger la gema por siempre, quedando así atado a ella.

  No sé mucho acerca de Bardor, salvo que era el hijo de Tilúen, hija de Ethion Rey. Quisiera saber más de todos ellos, y también del monasterio, y esta ciudad es el lugar idóneo para ello. Entenderles me será de gran ayuda, pues me enfrentaré a los mismos males.

-Me encargaré de que tengáis acceso a cuanto deseéis-se ofreció Anwehyn-. No obstante, los males a los que tú puedas enfrentarte no son los de Bardor: nunca lo serán, ni pretendas que los sean. Él se enfrentó a Sargul y lo venció. Si lo que dices es cierto, y Bardor juró custodiar la Gema con su vida, no creo que seas consciente de lo que ello puede significar; tenía el don de la premonición, y vio su condenación y la muerte de su madre, y aún así aceptó su destino e hizo lo que debía. He visto a muchos hombres huir de sus obligaciones, a más todavía inventar falsedades en nombre del Señor. Los he visto cometer atrocidades y escudarse en la religión, alejarse de la Luz y renegar de todo cuanto es hermoso y bueno.

  Pero ninguno ha resistido las tentaciones de la Sombra cuando les ha llamado, y menos aún han provocado su llamada para luego rechazarla. Un objeto que fue llevado por el Enemigo será siempre un mal regalo, y sólo puede conducir a la perdición.

-Juzgáis a los Hombres peor que Endaril-repuso Isidril-. He visto a un guerrero rechazar los dones de la Sombra, rechazar castillos y los territorios del Oeste, el Trono de Andruir y el de Vhalon. Y sé que dado su linaje, su sangre y su fuerza, y también su corazón, sería mejor rey que el actual. Y vosotros también le conocéis, pues no es otro que Faldarad, o Anaynor como vosotros le conocéis, y fueron las Pesadillas de Sargul quienes le tentaron a la entrada de Aras Ea.

-Te hemos  juzgado antes de tiempo-dijo el Obispo-. Has estado envuelto en terribles males, algunos tan antiguos que parecen historias del pasado. Ahora entiendo mejor tus palabras.

-Es tarde-dijo Anwehyn-. He desatendido mis obligaciones por más tiempo del que es prudente.

-Muy cierto-añadió el Obispo levantándose despacio-. Hoy puedes dormir en Niena, y regresar mañana a la ciudad alta. Tendrás ganas de reunirte con tus compañeros.

-Preferiría continuar con nuestra charla, Eminencia, pues aún siento curiosidad por Galenholm, y por la noche me asaltarán preguntas  nuevas.

-¡Bien entonces! Al amanecer te hablaré de Galenholm y de sus costumbres ¡Descansa  ahora!

-Aún no puedo: me queda pendiente una última visita ¡qué día más largo!

 

N.A. Gladish

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