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Ciudad De Recuerdos: Final

 

 La noche transcurría lenta en Ciudad de Reyes. Desde lo alto y mientras descendía, Isidril contempló la silenciosa ciudad; allá abajo brillaban algunas luces, escasas y tenues. Ya en la Ciudad Baja recorrió las calles y llegó al puesto de guardia.

Esperó a que Finaduin terminara el turno. El soldado se alegró de verle. Le enseñó la plaza y el edificio del Consejo, y fueron juntos a su casa, donde les esperaban la mujer de Finaduin y sus hijos: ninguno había visto un Elfo, y todos le miraron deslumbrados, y el más pequeño de los tres hijos le daba tirones en el largo cabello rubio.

-A estos dos no los conoce el señor Mago-, le dijo, señalando al más chico de ellos, de cinco meses, y a Gonduin, de ocho años de edad. Mirienne era la mayor, una hermosa joven de largo cabello rizado y mejillas rosadas que embalsamaba el aire  por donde pasaba. Era una muchacha sencilla y humilde que nunca alzaba la voz al hablar, muy parecida a su madre; solía llevar un delantal, y harina en las manos y por los brazos. Déoreth la vio nacer, y le tenía un especial aprecio, y Loria había cuidado de ella en múltiples ocasiones, y ahora eran buenas amigas.

  Cómo era que el Insigne tuviera un amigo como Finaduin, un simple soldado de la Puerta, era algo que muchos se preguntaban. Pues por aquellos tiempos  todos querían al Insigne como compañero y confidente, y no pocos trataron de convencerle de lo buenos amigos que podrían llegar a ser; nobles y comerciantes trataban de embaucarle con palabras que hablaban de prósperos futuros y de las riquezas que podrían amasar. Soldados y hombres de armas le ofrecían protección a cambio de consejo y poder. Incluso algunos ciudadanos corrientes se ofrecían a seguirle como si de un profeta y sus apóstoles se tratase. Pero Déoreth desapareció sin previo aviso durante una tormenta de invierno, esfumándose como se esfuma el aroma de las rosas en un golpe de aire… y sus pisadas las cubrió la nevada, y su rastro se perdió. Murmuraron un tiempo sobre esto, y se dijeron muchas cosas en las tabernas y también por los puestos de guardia, y a Finaduin le hicieron preguntas.

  Durgon era el jefe de Finaduin, y en cierta ocasión le confesó que por culpa de su amistad con el mago nunca le habían ascendido, y nunca lo harían.

“Te envidian, Finaduin”, le confesó. “Esas personas de las que te estoy hablando no deberían sentir envidia de un soldado: ya sabes lo que quiero decir. Lo siento por ti. Debes estar un poco harto ¿verdad? Vamos, Finaduin, conmigo puedes desahogarte. Con este son cinco años trabajando juntos.

-Ibas bien hasta el final, Durgon, hijo de Algon, pero no pudiste más. Si Déoreth no me hubiera advertido hablaría contigo y con otros. Él lo sabía: que me harían preguntas y que me envidiarían, pues es su Maldición, y la comparte con quienes le conocen. No te reprocho nada, mas tampoco siento pena por ti, Durgon Corazón Débil: deberías  ser más valeroso. Tal vez cuando te llegue la muerte y veas la cara del Gran Verdugo me entiendas. El corazón anhela las cosas valiosas, y Déoreth tiene algunas, y ése es nuestro secreto ¡Vete a tu casa, y piensa  en lo que te he dicho! Aunque creo que no lo entenderás. Estoy seguro.

  Pensó Déoreth que con su partida terminaría todo. Sin embargo su leyenda creció y creció hasta ensombrecer al mismo Rey, y los peregrinos que llegaban a Ciudad de Reyes aseguraban haberle visto en algún camino, a veces en el frío y lejano Ostendriff, otras veces en las Costas de Ardean envuelto en negro.

 

  Isidril y Finaduin pasaron la noche hablando del mago. Tres horas antes de amanecer Isidril se retiró a dormir. Le habían preparado el cuarto de Mirienne. El elfo cayó rendido casi de inmediato. Cuando despertó, aunque apenas se veía un rastro de luz clareando el cielo, en Ciudad de Reyes los más madrugadores se preparaban para afrontar las faenas del nuevo día.

-Os levantáis temprano-le dijo Mirienne nada más verle-, y se os ve fresco y alegre a pesar de las pocas horas de descanso ¡Qué no daría yo por tener ese aspecto al despertar!

 Mi padre se ha marchado: no quiso molestaros, pero me pidió que me encargara de cualquier cosa que pudierais necesitar.

-Tendría que haberme dicho que se levantaba tan temprano: él no tendrá mi aspecto.

 Desayunó con Mirienne, panecillos con mantequilla, queso y agua. Poco después se despidió.

 Paseaba ascendiendo nuevamente hacia la Ciudad Alta cuando vio un grupo de hombres que se alejaban caminando con paso solemne por el porche. Eran altos, de rostro grave y orgulloso: cuatro guerreros venidos del Este. Uno de ellos caminaba adelantado, Señor entre Señores: paso firme y decidido, elegante, grácil a pesar de la gruesa armadura y la capa. Tenía el cabello oscuro recogido con una diadema que engalanaba la ancha frente.

  Pero fue el segundo quien llamó la atención del Elfo. Ágil como un felino, caminaba ufano ajeno al mundo que le rodeaba: el plaquín le cubría el torso, pero dejaba al descubierto los torneados brazos. Se había quitado el casco y ahora lo llevaba bajo el brazo. Gallardo, de rostro hermoso, en aquellos ojos verdes se reflejaba su ardiente espíritu, una viva  astucia y un alma indómita. Ocupaba el segundo lugar, pero Isidril se preguntó cuál de los dos sería el más poderoso.

 Él era Fwinhyr hijo de Fealad, el mismo hombre que vio en la encrucijada cerca de Bar Irdur a los pies de Air Gangion.

 La mañana inundó las calles.

 Los Ethioreds habían llegado a la ciudad. Por fin había amanecido.

 

firma digital  4

 

 

 

N.A. Gladish

Hemingway of Facebook.

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