Isidril fue escoltado hasta la entrada del monasterio. Hasta aquel día no había visto un edificio consagrado a la religión; un inmenso rosetón multicolor ocupaba la fachada central por encima de un portón ovalado, inundando el interior con cándidas luces azules y rosadas. La puerta permanecía siempre abierta: dos gruesas hojas de madera historiada con imágenes de los Santos, y un dintel de mármol del Haumor. Isidril quedó encandilado contemplando los arbotantes y contrafuertes, las delgadas torres y sus puntiagudos pináculos.
Había sido construido formando tres grandes naves, una central y alargada y otras dos a los lados algo más cortas. Una de ellas, la que miraba al este, tenía la planta semicircular y estaba bordeada por contrafuertes que se superponían hasta lo más alto. Una bóveda de complicada tracería y un torreón terminaban el trabajo. La nave opuesta, de cara a las verdes campiñas, tenía tres puertas alineadas en su parte frontal. Eran, por este orden, la Puerta de Mohnui Sacri, la Puerta de Arianne y la Puerta de Galenholm. Las tres estaban cerradas, pues sólo se abrían en ocasiones especiales: una guardia constante de soldados uniformados las custodiaban.
Era por cierto una construcción completamente diferente a cualquiera que hubiera visto con anterioridad, y pensó que, fuese el que fuese el propósito del edificio, debía ser algo hermoso; un mundo nuevo de posibilidades se abrió de pronto para el Elfo, tan afirmado como estaba en las costumbres de su pueblo.
Luces multicolor iluminaban el interior. Pero los techos eran muy altos, y había penumbras en las alturas. Las paredes tenían un tono gris pálido, como si todas las piedras hubieran sido pulidas una a una. Aquí y allá relucían con brillos de oro algunas figuras bellas: si eran runas, o tal vez símbolos o simples dibujos, Isidril no lo sabía.
Se acercó un soldado. Llevaba una capa que le caía hasta los tobillos, y una reluciente armadura de anchas hombreras. El sobreveste era oscuro, casi negro: amplio en las piernas, ensanchaba como una falda ceñida en la cintura. Tal era su parecido con Faldarad que Isidril imaginó que debían ser hermanos. No en vano muchos los habían considerado gemelos durante su niñez, cuando corrían siempre juntos y ni los años duros ni el inclemente viento habían azotado el rostro de Faldarad. Otra diferencia era que este hombre tenía el cabello rubio del padre, pero Faldarad había heredado el crespo cabello negro de la madre.
-Bienvenido, Isidril el Elfo-le dijo-. Agradezco tu gentileza al separarte de tus compañeros para venir a mí, solo, y hacer cumplir nuestras leyes, aunque no sean las tuyas. Soy el Capitán Anwehyn, y estoy de guardia.

Anwehyn condujo a Isidril a un claustro ajardinado donde las sombras eran frescas y abundantes. Allí conversaron un tiempo acerca del país del elfo y de los bosques de Andruir, y también de Ciudad de Reyes. Anwehyn tenía la apostura que se esperaba del hijo de un rey, y una mirada que reflejaba una profunda compasión.
-He escuchado con atención todo aquello que me habéis contado-dijo Anwehyn-, aunque sigo sin entender los motivos que te han traído hasta aquí. Sé que ocultáis cosas que son importantes para vos, y está bien. Sin embargo, quisiera saber las razones que os han llevado hasta esta ciudad.
-Desearía estar en otro lugar, os lo aseguro. Pero allí donde quisiera ir no puedo llegar, tampoco a donde quisiera regresar: el resto de caminos conducían aquí. Déoreth es nuestro líder, pero era Faldarad quien decidía los caminos que debíamos coger. Ambos estuvieron de acuerdo en venir a Ciudad de Reyes. Yo…me gustaría poder volver al Reino Élfico, pero la misión me lo impide. Y quizá tú preferirías estar ahora en el palacio para escuchar todo lo que tienen que decir.
-Estoy donde debo estar, Isidril. No te lamentes por mí-contestó-. De poder estar en otro lugar sería en mi hogar, junto a mi esposa y mis hijos. Aquí estamos, sin embargo, a pesar de querer otra cosa. Pero que no te confundan mis palabras: tengo muchas ganas de hablar contigo. Hace dos días el Obispo vino a verme. Es él quien manda en el Monasterio, no yo: aquí soy un solamente un creyente más.
El Obispo había tenido una visión: vio a dos elfos caminando entre peñascos al cobijo de las sombras de la noche. Vio el mar, agitado, y cuando volvió la vista hacia los elfos vio a alguien más junto a ellos: le llamaron Guardián de la Puerta, pero no parecía ser un soldado. Una llave brilló de pronto en su mano con fulgores de hermoso esplendor, deshizo la noche y serenó las atormentadas aguas. Entre las sombras, alcanzado por el repentino resplandor, el Obispo pudo vislumbrar una cuarta figura, silenciosa.
De improviso cambió la imagen. Había un único elfo en un bosque de llamas. El fuego quebraba las ramas y consumía las hojas. El bosque entero agonizaba. Una espesa capa de ceniza se depositó sobre los animales, matándolos, y las ascuas volaron como ardientes luciérnagas, propagando la devastación por los prados de alrededor.
El Obispo no me reveló el porvenir del Elfo. Pero te diré lo que yo creo, pues el corazón me dice que su visión tiene que ver en mayor o menor medida contigo: si los dos elfos sois Endaril y tú, pudiera ser que el Guardían de la Puerta fuera Anaynor, o quizá el mago. Yo creo que es él, Déoreth el Insigne, y no mi hermano.
He descubierto muy poco sobre él: en Ciudad de Reyes no se sabe apenas nada de su vida, salvo que fue Consejero del Rey, que crió a la Dama Loria como a su propia hija y que conoce las contraseñas de todos los lugares prohibidos. Sé también que por un tiempo se dedicó a los asuntos de los Sabios, luego de abandonar a mi padre.
-¿Los Sabios?-preguntó Isidril.
-Magos y otras personas iluminadas por la Gracia Superior. A menudo se les llama Los Iluminados; pero ese nombre les disgusta, porque hace pensar en la religión, y no ha de ser así. Son cosas distintas, ciencia, conocimiento y fe, y no han de mezclarse. Habla de ello con el Obispo, que es mejor profesor que yo.
-¿Le veré?
-Hoy mismo, si así lo deseas. Durante la cena.
La mañana pasó volando. Repicaron las campanas, anunciando el mediodía. Subieron a la torre, y vieron los cerros iluminados por el el sol, unos sobre otros hasta donde alcanzaba la vista, verdes, tocados por miríadas de vivos colores. Fértil y hermosa era la región de Canavar que ahora veía Isidril. Abundaban las granjas y los granjeros, y por donde pasaba el río podían verse pesadas ruedas de molino. El ganado pastaba en los prados; cada mañana los granjeros ascendían por los cerros hasta la Colina del Este; eran en su mayoría personas de cierta edad, hombres y mujeres sin hijos a quienes les gustaba disfrutar del campo y de la tranquilidad, y solamente unos pocos comerciaban en la ciudad. Los más ancianos llamaban a estas tierras Canthanea, conservando el nombre que Arianne le dio al lugar cuando lo vio por primera vez.
-¿Tenéis ciudades de piedra?-preguntó Anwehyn.
-Tuvimos una, Noldahir. La que vio El Amanecer. Estaba en la cima de una montaña, y miraba al mar. Hace mucho ya que fue destruida por maldades que ahora no existen. Ninguna ciudad será nunca como ella: ninguna ciudad será nunca de los Elfos.
-¿No tenéis ciudades?
-Ya no, Anwehyn-concluyó con pesar, y cerrando un momento los ojos recordó los grabados y los dibujos que conocía, pues él no había visto Noldahir, mas lloraba su pérdida-. Dijiste que la visión del Obispo tenía que ver conmigo-dijo, cambiando de tema.
-Así es. Creo que tú eras el Elfo que estaba solo en el bosque en llamas. Y después de haber estado hablando contigo cada vez estoy más seguro. Lo que os ha traído a la ciudad no os retendrá por mucho tiempo, y partirás solo, me temo. Quizá el lugar al que quisiste ir pero al que no pudiste llegar es ese bosque en llamas de la visión ¡No vayas, Isidril!
-No, no dejaría a Endaril, ni él me dejaría viajar solo. Crees firmemente en los sueños del Obispo, pero para mí tienen poco valor.
-Quizá cambies de opinión cuando le conozcas-concluyó Anwehyn, y los dos fueron al encuentro del Obispo.
N.A.Gladish



