Sentado en los elevados jardines de Ciudad de Reyes, con la vista perdida en el inmenso horizonte, Isidril recordó los últimos días de su viaje antes de llegar a la ciudad, y su mente voló por entre sus memorias como las nubes volaban impulsadas por la brisa en el cielo despejado.
Caradnor era una región de tierras vastas que se extendía al sur de los prados verdes y al norte de Eirthelien, la Arboleda Del Lucero; quedaba así situada entre dos zonas verdes, y sólo al oeste había montañas. Un camino atravesaba la región, pero era interrumpido de pronto por aquel lugar que se llamara La Guadaña Sombría, donde las socavaduras eran profundas y los barrancos y las fosas estaban cubiertas de cieno. Era una región de desesperanza; pero no era hoy en día ni la mitad de terrible de lo que fue en el pasado, cuando Avanhon caminaba por el mundo para tortura de los desdichados mortales.
Isidril y Endaril corrían por el campo llano siguiendo el paso rápido de los caballos. Se detenían al anochecer para dormir, y reemprendían la marcha antes del amanecer.
-Me sorprende vuestra manera de correr—les dijo Faldarad en una ocasión—. Había oído hablar de ello, y sin embargo es sorprendente. Los caballos necesitan más descanso que vosotros.
-Que no te sorprenda—le contestó Isidril—: tu caballo carga contigo, así como Celeanor carga con Déoreth. Si no os llevara a cuestas nos costaría trabajo seguirles de cerca. Un Elfo puede correr durante muchas leguas sin precisar un descanso.
-A lomos de Celeanor no soy más pesado que una pluma—dijo Déoreth—. Aunque llenara dos alforjas con piedras, me subiera cargando más piedras, y subiera a Faldarad cubierto por las gruesas armaduras de Andruir, ni con todo podríais alcanzar a Celeanor cuando galopa.
El corcel resopló, tal vez como respuesta, tal vez pronunciando un desafío.
-Es un animal orgulloso—rió Faldarad—. No menos querido por su jinete que tú, Hyrnin—y acarició el flanco de su montura.
Se hizo de noche. Sobrevino el frío de los últimos vestigios del invierno. Fue una noche dura. Al día siguiente vieron nieve en algunos picos.
-El invierno se marcha—dijo Isidril—. Ha sido la ruina de muchos.
-Ha sido largo. Más de lo debido—contestó Faldarad—. No cuentes, sin embargo, con librarte de él tan rápido. Ciudad De Reyes está más al norte, y aunque es la ciudad del sol que nunca se esconde, algunas mañanas son frías, y hiela por la noche. Ahora bien, parece que por ahora gozaremos de mejor tiempo, aunque temo que pueda llover en un par de días.
-Para entonces habremos cruzado el Isdin, y habremos dejado atrás Faen Orduin. Y en unos días veremos las Mesetas de Arthond—dijo Déoreth.
-No elegiré ese camino si puedo evitarlo—anunció Faldarad—.Había decidido viajar por la margen del río. La ruta que propones de demasiado peligrosa.
-Por el río no tendremos donde escondernos. Y si vigilan el puente tendremos que dar un rodeo de varias millas.
-En el espolón de Aras Ea hallaremos resguardo.
-Huir de un peligro en busca de otro mayor. Decidiremos más tarde—dijo, y dio la conversación por concluida.
Aquella noche Déoreth el Insigne y Faldarad continuaron la conversación.
-Una cosa sé—decía Faldarad—que dos elfos no pasarán inadvertidos a los exploradores de Bar Irdur; no conviene que le lleguen al Rey noticias nuestras antes de tiempo. Y si elegimos el camino que conduce a las Mesetas de Arthond nos descubrirán. Y te diré algo más: es mejor enfrentarse a una partida de trasgos que vérselas con el Rey; pues para él no hay conversaciones amistosas, y todas las plantea como una batalla: levantas sus defensas, y desde detrás de los altos muros ataca, y sus palabras son afiladas como puntas de lanza.
-No temo a Anathuin Rey. Pero hay grandes verdades en lo que dices. No obstante, pasar cerca de Aras Ea no parece mejor.
Desayunaron temprano aquella mañana. Faldarad borró las huellas. Una hora después continuaron el viaje, y dejaron el lugar como si nunca hubieran estado allí.
-El corazón me dice que debe haber un lugar cerca de aquí donde se reúnen los trasgos—dijo Isidril—. Creo que es en la Guadaña Sombría. Si elegimos viajar más al sur pasaremos por Bar Irdur, donde tendrán noticias. Saber más no nos vendría mal. Tal vez hayan visto un elfo que viajaba solo, y puedan deciros algo.
-Tu padre no se dejaría ver por los soldados de Andruir—dijo Déoreth—. Y nosotros tampoco.
-Yo no veo ningún problema en que le lleguen noticias al rey de nuestra llegada—comentó Endaril.
-¿Y anunciar así la venida del príncipe de los Elfos? No caigas en las trampas del orgullo—le dijo Faldarad.
-No es orgullo, sino un derecho. El Rey habrá de recibirme, le guste o no.
-Y estará deseoso de preguntaros muchas cosas—dijo Déoreth—, a ti y a Isidril. Pero a mí y a Faldarad nos dejará al margen un tiempo. Tal vez le digas más de lo que deseas, o lo adivine, pues tiene ojos penetrantes. No más penetrantes que los míos, por cierto: veo que ardes en deseos de hallarte frente a él, Endaril, tal y como lo hiciese tu padre para poner a prueba tu entereza.
”Por eso no iremos por el camino que lleva a las Mesetas de Arthond, y evitaremos Bar Irdur. Atajaremos los problemas de uno en uno, y cada uno a su tiempo. No antes”.
Continuaron viajando hacia el norte durante dos días. Aprovechaban cada hora de luz, y dormían poco. Por las noches Faldarad se alejaba, y a veces regresaba poco antes de volver a partir. Aquella noche se le vio preocupado, pero no dijo nada de lo que había visto.
Por la mañana Faldarad ordenó un nuevo rumbo. Entonces Déoreth le preguntó, y Faldarad le pidió que confiara en él—“alguien nos sigue desde anoche. Y hasta que no sepa más no quiero que imagine nuestro destino, si acaso le importa”.
Fue así que se desviaron hacia la explanada, y aguardaron hasta que bajó el sol. Era una hondonada cubierta de flores, una vaguada feraz y hermosa. La hierba era alta y flexible, y las flores tenían colores vistosos: aún no habían aflorado plenamente, pero pronto lo harían.

N.A. Gladish
(alias El Insigne)
P.D. Con los relatos que escribo desvelando la historia de Andruir y describiendo los lugares, las regiones, las torres y las fortalezas… estarás en una posición más que perfecta para ambientar el Módulo Crisis En La Frontera.
Tendrás a tu disposición un arsenal de conocimientos (tanto geográficos como históricos) para utilizar que harán que nunca más tengas que preocuparte por la improvisación o porque un jugador te haga una pregunta sobre la región y no sepas qué contestar.



