El sol se ocultaba por detrás de las torres de Aras Ea. Isidril se detuvo frente al portón. El tiempo había borrado la mayoría de las inscripciones. Estaba abierto, y unas gruesas argollas mantenían la puerta contra la pared. Cuando se adelantaron con los caballos vieron las enormes ruedas dentadas y las cadenas gigantes que abrían y cerraba el portón, carcomidas por el óxido del tiempo. Allí comenzaba una carretera que ascendía siempre, torciendo una y otra vez, amoldándose al terreno.
La puerta se alzaba frente a ellos, negra y grotesca. Dos puestos de guardia la flanqueaban sobre unos altos riscos; eran de rutilante piedra negra, abiertos en la cima como una corona de púas horribles. Una luz palpitante alumbraba la tierra y las aguas embalsadas. Era un fulgor malsano, una luz maldita que marchitaba todo lo que era verde y hermoso.
Cuando el día menguaba y la noche se apoderaba del mundo, y la luna era liberada de las profundidades del océano, el portón parecía una terrible cabeza de bestia con las fauces abiertas; y las dos luces pálidas de los torreones eran los ojos… ojos de una criatura alcanzada por la nefanda muerte.
- Es un lugar triste, cargado de recuerdos-dijo Isidril.
- Es mucho más que eso, Isidril-contestó Déoreth-. Dije que era una cárcel, y así es: sus prisioneros no han muerto, pues no puede morir aquello que ya está sin vida.
- ¿Cómo es eso posible?-preguntó Endaril.
- Anathuin Rey encerró en el interior a Las Pesadillas de Sargul, sus sirvientes más fieles y terribles. No pueden morir por los años, y sólo si Sargul es destruido desaparecerán del todo, pues están atadas a su poder. Pero podrían haber sido derrotadas en lugar de apresadas, y ya no serían un problema. No fue así, sin embargo.
- ¿Qué ocurrió?
- Que la vanidad de la Casa de los Reyes se interpuso de nuevo, y desoyeron mi consejo. Anathuin debió hacerme caso para sellar Aras Ea; la fortaleza permanecería cerrada para siempre, y el fin del mundo llegaría antes de que aquellas puertas se abrieran nuevamente – los ojos de Déoreth relampaguearon -. Aquí estoy, tal vez para terminar lo que los Hombres dejaron a medias.
- Cuidado, amigo mío – le previno Faldarad -. No caigas en la soberbia: no es una prenda que te siente bien. Tienes otras responsabilidades, como estos dos elfos.
- No somos responsabilidad de nadie – intervino Endaril, orgulloso -. Los Hombres siempre necesitan dos oportunidades para acabar cualquier empresa. Dime, Déoreth ¿que te impidió ignorar a Anathuin entonces?
-Mi cometido era otro, y no me correspondía a mí intervenir. Pero ya no soy el consejero de nadie: veremos lo que ocurre esta vez.
Entonces Faldarad y Déoreth se alejaron con los caballos y discutieron a solas; porque Faldarad no quería entrar en Aras Ea, y sólo pensaba ascender lo suficiente para ver en la distancia y comprobar si había otras patrullas de trasgos por los alrededores.
- No se nos ha perdido nada en la fortaleza – le decía a Déoreth -. ¿Qué pretendes, demostrarle al mundo que tenías razón? ¿Ponerte a prueba? No nos hace falta ni lo uno ni lo otro.
Deóreth guardó silencio.
Pero antes de que pudiera contestar hubo un gran estruendo. Se oyeron de pronto las voces de los cuernos, y un gran número de trasgos y bestias aladas aparecieron por todos lados. En medio de aquel tumulto de voces estridentes se elevó el rugido de una única criatura: qué era no lo pudieron saber, pero era un sonido terrible que agarrotaba los músculos.

N.A. Gladish,
tratando de recordar por qué
me llaman “heminguay” of Facebook.
P.D. Pronto todos los roleros y los amantes de la fantasía (que utilicen Facebook habitualmente) recibirán una grata sorpresa. Por ahora no puedo deciros mucho, salvo que va a ser una de las mejores noticias que habéis recibido nunca!
Os iré informando.



