Las sombras de la noche extendían su negro manto sobre el Valle de Naiglen. Aquel era el último refugio antes de las Cuatro Colinas, donde la tierra era verde y hermosa en la cima, y feraz a los pies de las laderas. Naine era el nombre de la Colina del Oeste, mientras que Niena era la del Este, y Ciudad de Reyes ocupaba las otras dos. Allí había sendos puestos de guardia, un baluarte y un patio fortificado; un Capitán y un grupo de guardias vivían allí, siempre atentos, siempre vigilantes, dispuestos a hacer sonar el Gran Cuerno para dar la alarma. Thyrin y Anwehyn eran esos capitanes.
El Elfo miraba atentamente el fortín del oeste, pero el sendero descendía abruptamente, y las últimas cumbres le tapaban la mayor parte de la visión: recortadas contra el cielo frente a él le parecieron grandes manchas oscuras sobre otras aún más oscuras. Unas estrellas brillaban aquí y allá; entre todas, la más brillante era Ílusil, aquella que los Hombres llamaban El Gran Lucero, y también la Luz de la Ciudad, porque siempre iluminaba con fulgores claros Ciudad de Reyes. Y no por casualidad, pues en el albor de la Segunda Edad los Elfos la movieron en el cielo y se la ofrecieron a los Hombres diciéndoles que no se apagaría mientras en ellos no se extinguieran la pasión y el empeño que le ponían a todas las cosas.
Había una carretera que atravesaba el valle y concluía en la Puerta Sur de la ciudad blanca. Circuía Naine por su borde oriental, y luego corría recta durante dos millas más hasta la puerta.
-Aquí haremos el último descanso-anunció el explorador-. No os alejéis, ni os desprendáis de los bultos: será una parada breve.
-¿No pasaremos la noche?-preguntó Endaril.
-No. Pretendo llegar a la ciudad evitando las patrullas. Nos harían preguntas, y nos retrasarían.
-No quiero avanzar como un bandolero en plena noche-protestó Endaril.
-¿Es que no oíste nada de lo que dije? Las noticias de este grupo no deben llegar antes que el grupo. Hay gente en la ciudad que se harían muchas preguntas; extraño les parecería que hubiera dos elfos viajando con Déoreth para ver al Rey, pues rechazó el puesto de Consejero y se despidió. Y yo no soy un desconocido en Ciudad de Reyes, precisamente.
Hay mucho más que contar, no obstante, tanto del uno como del otro, y la relación que nos une al Rey. Pero no hay tiempo: lo que debáis saber…el tiempo lo desvelará.
Faldarad conocía un sendero por el que no serían vistos. Era el cauce de un río que se había secado, originando un barranco donde los árboles formaban un manto espeso. Por allí caminaron toda la noche, pero poco antes de que aclarara Faldarad les obligó a subir “Quiero que veáis Ciudad de Reyes a la luz del amanecer”, les dijo a los Elfos.
Y mientras trepaban a lo alto por su ágiles pies llevados, Faldarad les contó acerca del Comienzo de Andruir y el Levantamiento de Ciudad de Reyes, y les habló de las líneas de sucesión hasta llegar a Anathuin Rey.
Así fue como Isidril vio por primera vez la más maravillosa de las ciudades de los Hombres, cuando el sol rozaba amable las altas torres del palacio del rey, en lo más alto de la orgullosa colina del norte.
En torno al palacio había un jardín de enormes dimensiones, despejado de árboles en el oeste, embellecido por caminos de setos y estatuas de mármol; en el este abundaban los sauces y las lagunas, los puentes y los parterres, lugares por donde caminaban los enamorados. Una muralla bordeaba el jardín y el palacio; sobre ella, y descendiendo por toda la ladera, las calles y las casas daban vida a la Ciudad Alta, donde habitaban los nobles de Andruir y los descendientes de los excelsos linajes de los inmigrantes del norte, en blancas casas y palacetes con verjas de bronce y escudos de armas de plata. En torno a los pequeños palacios las calles eran amplias, y tenían muchos tramos de largas escaleras; también había otras calles más cortas y estrechas que desaparecían entre las casas: eran ésas unas callejas frescas y sombreadas, cortas y juveniles, que corrían perpendiculares a las avenidas y se unían formando patios interiores de fachadas floreadas donde el aroma era el del jazmín.
Los constructores del pasado habían dado forma a la avenida que unía la parte alta con la Ciudad Baja con un único propósito en mente: maravillar; se alejaba describiendo una curva, y más adelante, donde el terreno era llano y abundaban los miradores, allí se transformaba en la más magnífica de todas las escaleras, y sólo aquella del Palacio de Valindor Rey se le acercaba.
En otro tiempo existió una puerta y un rastrillo; mas Anglaron Rey ordenó que fuera desmontada: dejó el arco hueco, y colocó cuatro grandes estatuas a los lados, como guardias que flanqueaban la entrada. De allí surgían dos caminos enfrentados: uno partía hacia el oeste, penetrando en la ladera de la montaña, que terminaba en el Lago Santo de los Reyes. El otro, una transitada carretera que continuaba hacia la Ciudad Baja.
Así era Ciudad de Reyes, fortaleza, centro de conocimiento, morada de reyes. Anathuin era ahora el rey, un señor noble y arrogante, a veces cauto y pocas veces magnánimo, pero siempre sabio. Eran muchos los que le consideraban el más poderoso de los señores de Orinde; y sin embargo eran muy pocos los cambios que obró en la ciudad, pues pensaba que en nada podía mejorarla, y cualquier cambio era a su juicio peor de lo que ya existía y era conocido. Era un hombre de arraigadas costumbres, un hombre versado y docto, y sin lugar a dudas uno entre los Poderosos.
N.A. Gladish



