Déoreth los guió resuelto hasta la muralla. La puerta estaba reforzada a los lados por esbeltos contrafuertes que se fundían con la alta muralla, almenada en la altura, con torreones y garitas, que bordeaba la ciudad. Unos guardias de cascos empenachados vigilaban la entrada: las espadas eran brillantes, y sus voces, nobles, eran respetadas con reverente temor.
-¡Oh, gran Déoreth, Consejero de Reyes y amigo de soldados!-exclamó uno de ellos-¡Cuántos años han pasado! El Insigne te llamábamos cuando frecuentábamos tu compañía. Qué grato me es verte de nuevo.
-Finaduin hijo de Fíriel, bien te han tratado los años. Me alegro de verte. Y por partida doble si eres tú quien vigila la puerta, porque tenemos prisa, y nos urge ver al rey de inmediato. Así pues, harías bien en hacer traer a uno o más heraldos para que nos acompañen.
Finaduin echó una ojeada a quienes acompañaban al mago: dos hombre de delgada figura que cubrían sus rostros con las finas capuchas de las capas y un hombre alto y ancho de hombros, con una descuidada barba y el cabello sucio Trató de adivinar quiénes se escondían bajo los negros embozos, pero sólo se descubrió ensimismado observando unos rasgos exquisitos.
-Me resultas familiar-le dijo a Faldarad, mas no obtuvo respuesta-. Lo siento, pero no puedo dejaros pasar a la Ciudad Alta sin que hayáis hablado primero con el Edil, o con el Capitán de guardia: así están las cosas.
-Te confundes de hombre si crees que he venido a ver al Edil-contestó Déoreth disgustado-. No somos comerciantes, ni vagabundos de otras tierras, ni nobles vanidosos que quieran hacerse notar. Aunque dos de nosotros sí han venido de tierras lejanas. Estos son Endaril hijo de Valindor, Príncipe de Cilendriador, e Isidril- entonces los elfos se retiraron las capuchas y Finaduin los vio, y tenían una luz en los ojos.
-Y yo soy Anaynor, aunque ahora me llaman Faldarad, y soy el Hijo Segundo de Anathuin Rey.
-Es más que eso-dijo Déoreth-, y sus títulos son muchos, y deberían ser anunciados todos ante esta puerta, pero no será así. Y ahora, Finaduin, te digo ¡llévame hasta el Rey!, que luego ya habrá tiempo de conversar, pues quisiera ver a tu hija, Mirienne la Bella, que seguro ha crecido mucho desde que la vi por última vez.
-Ahora tiene veintitrés años-contestó. Inclinó la cabeza, y saludó a Anaynor y a los dos elfos. Hizo llamar a un heraldo, de nombre Cananwaith y voz melodiosa, que descendió por los caminos empedrados en la segunda hora de la mañana llevándoles saludos y palabras de honor y gloria.
-Uno de nosotros debería hablar con el capitán de guardia-dijo Faldarad-:antes o después pedirán que lo hagamos.
-En ese caso iré yo-dijo Isidril-. El Rey tendrá asuntos que tratar con Endaril y con vosotros, pero no conmigo. Y si lo que dicen de Anathuin es cierto, prefiero evitarle por un tiempo.
-Eres prudente en exceso, y sabio en su justa medida. Ve, y que Finaduin sea tu guía. ¡Adiós!
Finaduin guió a Isidril por las orgullosas calles de la ciudad hasta la Puerta del Este. Ante ella se detuvo, y le indicó que siguiera el camino que conducía a Niena, y añadió:
-De aquí no puedo pasar si incumplir las órdenes por dejar el puesto, pero no tiene pérdida. Encontrarás al Capitán en el Monasterio, aunque te darán el alto un poco antes. ¡No olvides decirle con quienes viniste! Y si no es mucho pedir, y no estás cansado, entonces podríamos vernos luego, porque nunca antes había visto un Elfo, y confieso que me maravilláis.
Isidril se alejó sin contestar, dejando a Finaduin desesperanzado al comienzo del camino, ignorando que antes de que las campanas anunciasen el sereno véspero él y el Elfo volverían a encontrarse.
Así fue que Isidril siguió por el camino que llevaba al Monte del Este, y le dieron el alto poco tiempo después. Conoció al Capitán de Niena, de nombre Anwehyn, Hijo Primogénito de Anathuin Rey, y hermano de Faldarad.
Déoreth, Endaril y Faldarad seguían a Cananwaith mientras conversaban. Pero Endaril apenas los oía, fascinado como estaba con la ciudad; imaginaba a Isidril en su mismo estado, o quizá más fascinado todavía, y eso le alegraba.
Vio que las gentes vestían con sencillez, la mayoría con colores pardos o grises, y sólo unos pocos de blanco. Los niños y las madres ocupaban las calles: los primeros jugando y corriendo; las segundas tendiendo la ropa y ocupándose de las tareas domésticas.
Dejaron la sombra de las calles estrechas y llegaron a una amplia avenida tocada por el sol: una plaza fortificada señalaba el punto de origen. En el centro una estatua del monarca daba la bienvenida, o hacía retroceder a aquellos deseaban recorrer la distancia que los separaba del palacio y los jardines. La estatua era toda de mármol, a excepción de la corona, que era de plata, y tenía zafiros incrustados: era, sin embargo, una torpe copia de la Corona Regia, forjada en el medro de los herreros del reino.
Llegaron al arco y lo atravesaron, y en las terrazas que miraban en todas direcciones Faldarad se detuvo. Miró hacia la bahía, recordando los galanos días en los que navegaba el ponto: y en comparación con esa visión el resto de la ciudad le pareció sin sentido, gris.
En cada una de las siete columnas que sustentaban la entrada del palacio había un guardia. Las capas eran del azul del cielo, y tenían el borde de piel. Las sobrevestas eran negras; bordado en el centro Endaril vio el Nenúfar Blanco de Andruir, cosido con hilos de plata. Tres de ellos reconocieron a Déoreth, pero sólo uno de ellos se alegró de verle.
La sala del trono era un lugar frío, poco acogedor. Una luz pálida se filtraba a través de las altas ventanas. A sus pies, una estatua ocupaba esa porción de pared atrapada entre columnas. Había, justo en el centro, una vasta piedra circular y plana demedio metro de altura, como un único escalón que no conducía a ninguna parte; las hileras de columnas la rodeaban, creando una antesala circular sin puertas ni ornamentos: tan sólo esa piedra, blanca y sin mácula, que ninguna osaba pisar.
-¡No la pises!- le advirtió Déoreth a Endaril en voz baja.
-¿Qué es?
-La Primera Piedra de Andruir. Éumel la dejó aquí cuando esto no era más que una colina. No es mármol, ni granito, ni ninguna piedra común, y ya no se encuentra salvo muy al sur. Fue llamada “iza”, y también “marmuna” , por su parecido con el mármol. Es una reliquia de gran valor, pues se piensa que todos los conocimientos de los tiempos de Éumel está aquí encerrado.
-Una bella historia-dijo Endaril-: quizá los Hombres no son tan primitivos como pensaba.
Encontraron al Rey sentado en su excelso trono, empuñando el cetro. Era un hombre de aspecto fiero y muy sabio, como un viejo león que aún conserva mucha de su fuerza, y que está en la plenitud de su astucia. Unos ojos grises que miraban por debajo de unas espesas cejas nevadas encerraban un hálito ardiente, un espíritu sagaz e indómito. Tenía ancha la frente, y entradas a ambos lados. Pero el cabello era aún rubio, y ni los largos años de preocupaciones le habían arrebatado el color.
-¡Salve, Anathuin Rey, Señor de Andruir!-dijo Déoreth, y acompañó sus palabras con una reverencia-. Héme aquí de nuevo, como fue dicho en los augurios. Y no he vuelto solo.
Larga y dura fue la mirada del rey a Endaril y al mago, y muy especialmente a su hijo. Ásperas fueron sus palabras hacia todos.
-Así es, Insigne, has vuelto, ahora que todo está resuelto, cuando no hay nada por lo que preocuparse. Y de igual modo regresa mi bienamado hijo, cuando la paz es la reina y la prosperidad ahoga los campos. ¡Con la boca llena de loores hacia mí deberías venir, y arrastra tu cuerpo a mis pies clamando piedad! Y no henchido de orgullo, sacando pecho y mostrando desnuda la espada, regalo de tu padre. ¡Me insultas! ¿Qué fue de la vaina que con mis manos formé para tu espada? ¡Guardias, prendedlo, y arrebatadle las armas!
Como un viento, que súbito nace en el ancho cielo y desciende rugiendo por entre riscos y montes, así se abalanzaron sobre Faldarad los guardias del rey. El Ujier de Sala, un señor ya mayor, se acercó a Faldarad y le habló:
-Señor Anaynor, entregadme vos mismo el arma y desprendeos de la armadura y las grebas, que yo las entregaré para que sean custodiadas como merecen.
-Más amabilidad de la merecida-añadió el Rey. Se puso en pie, y la corona brilló con la fuerza de una estrella; tenía en la frente un zafiro, a veces claro como el cielo, y otras de un color profundo y sereno como el mar.
-Si esta es la hospitalidad que he de esperar de vos tal vez debería regresar dentro de treinta o cuarenta años-dijo Endaril.
-Os dispensaré la hospitalidad que me plazca, príncipe Elfo, vástago del gran Valindor Elfo Dorado.
-Tu soberbia ha crecido, si te atreves a tratar de “vástago” a un príncipe entre los Elfos-le interrumpió Anaynor.
-Andruir es mi Reino: aquí nada me pasa inadvertido, como el desdén de los Elfos hacia mi pueblo.
-Te pasan inadvertidas más cosas de las que crees-dijo Déoreth-, porque no las juzgas importantes. Y en tu afán de querer verlo todo no les prestas atención. No seas soberbio, Anathuin Rey, y creas saberlo todo, pues ni yo puedo decir tal cosa.
Obsesionado con la grandeza olvidas los pequeños detalles; es fácil sentir admiración por las sempiternas montañas. Pero es a sus pies donde crecen las flores más bellas, y los lagos de aguas cristalinas, y las criaturas más hermosas. Y sólo las águilas son una excepción a esta regla.
-¡Consejero engañoso!-gritó el Rey-. Soy un rey, no un cualquiera del vulgo: yo no fijo la vista en el suelo, sino en el ancho cielo. Te tenía por mi asesor: pero un breve adiós y una larga ausencia fueron tus pagos.
-Me tomaste por consejero cuando soy más que eso. Conténtate sabiendo que acepté tus órdenes por un tiempo. Sois un hombre noble, un señor de una elevada estirpe, y por ello os serví como mejor pude. Pero para mí llegó la hora de dedicarme a otros asuntos: asuntos de magos, podría decirse. Dejad el rencor y las palabras de ira.
Tenemos mucho de lo que hablar, mas será imposible mientras tu corazón y tu cabeza estén fijos en tu hijo. Por eso el Elfo y yo nos marchamos, para que podáis hablar a solas.
-Sólo tú tienes el valor y la arrogancia de decirme cuándo dejas el palacio. Así sea, Déoreth el Insigne, pero esto te ordeno a cambio: ¡Vuelve cuando te lo pida!
-Así sea, Majestad-dijo, y llevándose a Endaril salieron del palacio.
N.A. Gladish.



